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El paje y la carta perdida (cuento de Navidad para leer en familia)

17 de octubre · Celebra

*Cuento para leer en voz alta · 6 minutos · a partir de 4 años*

Bruno era el paje más joven de los Reyes Magos. Tenía las orejas un poco grandes, una capa azul que le quedaba larga y muchísimas ganas de hacerlo todo bien.

Aquel año, por primera vez, el rey Melchor le había dado un trabajo importante.

—Bruno, tú llevarás esta bolsa de cartas —le dijo, con su barba blanca brillando a la luz de la luna—. Son las de los niños de los pueblos de la sierra. Cuídalas mucho.

—¡Sí, majestad! ¡No perderé ni una!

Una ráfaga de viento

La noche del 5 de enero, la caravana cruzaba las montañas. Los camellos avanzaban despacio, cargados de regalos, y las estrellas parecían farolillos colgados del cielo.

Bruno iba tan contento que no se dio cuenta de que la bolsa tenía un agujerito. Y justo cuando pasaban por lo alto de un puerto, sopló una ráfaga de viento helado. ¡Fiuuu!

Un sobre salió volando del agujero y se perdió en la oscuridad.

Bruno contó las cartas. Faltaba una. La de una niña llamada Carmen, del pueblo de Valdeestrellas.

—¡Ay, no, no, no! —susurró, y las orejas se le pusieron rojas—. ¡Tengo que encontrarla antes del amanecer!

Le dijo a su camello, que se llamaba Dátil:

—Dátil, ¿me ayudas?

Dátil resopló, que en idioma de camello quiere decir: «Claro, pero date prisa».

Siguiendo la carta

Bajaron la montaña hasta el primer pueblo. En la plaza, un gato negro se lamía una pata junto a la fuente.

—Perdona, gato —dijo Bruno—. ¿Has visto pasar un sobre volando?

—Miau —dijo el gato, y señaló con la cola hacia una ventana iluminada.

Era una panadería. Dentro, el panadero sacaba del horno un roscón enorme, con frutas de colores que brillaban como joyas. Olía a azahar y a azúcar.

—¿Una carta? —dijo el panadero, rascándose la cabeza—. Sí, ha entrado una por la chimenea, toda llena de hollín. Pero ha vuelto a salir con el aire caliente del horno. ¡Ha ido hacia la iglesia!

Antes de que Bruno se fuera, el panadero le dio un trozo de roscón.

—Para el camino, chaval. Que la noche es larga.

Bruno corrió hasta la iglesia. Miró arriba y allí estaba: en lo alto del campanario, enganchada en el nido de una cigüeña, la carta de Carmen se movía con el viento.

—¡Está muy alto! —dijo Bruno.

Dátil se arrodilló, Bruno se subió a su joroba, de la joroba saltó al tejado, del tejado al muro y del muro al campanario. Con la punta de los dedos, estiró, estiró, estiró... y ¡la cogió!

—¡La tengo, Dátil!

La carta de Carmen

Volvieron a toda prisa con la caravana. El cielo ya empezaba a ponerse de color lila. El rey Melchor abrió la carta, un poco arrugada y con una mancha de hollín, y la leyó en voz alta:

*«Queridos Reyes Magos: este año me he portado bastante bien. Me gustaría una cometa roja para volarla con mi abuelo. Y también que vuestros camellos no pasen sed. Os dejo agua en el balcón. Un beso, Carmen».*

Melchor sonrió.

—Menos mal que la has encontrado, Bruno. Esta carta es de las buenas.

Llegaron a casa de Carmen justo a tiempo. En el balcón había unos zapatos pequeños, muy bien colocados, tres vasos de leche, un plato con turrón y un barreño de agua fresca para los camellos. Dátil se la bebió entera, glu, glu, glu, y soltó un suspiro de felicidad.

Junto a los zapatos, los Reyes dejaron una cometa roja. Y Bruno, a escondidas, dejó también una notita:

*«Perdona el hollín. Tu carta ha tenido una aventura. Bruno, paje real».*

A la mañana siguiente, Carmen salió al balcón en pijama, vio la cometa y gritó tan fuerte que la oyeron hasta en la sierra. Luego leyó la nota, se quedó pensando y le dijo a su abuelo:

—Abuelo, ¿tú crees que los pajes también se equivocan?

—Claro que sí —dijo el abuelo—. Lo importante es que lo arreglan.

Y aquella tarde, la cometa roja voló tan alto que casi llegó a las montañas por donde había pasado la caravana.

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